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“…y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del Cielo, de Dios….la longitud, la anchura, y la altura de ella son iguales”. (Apoc. 21:10,16).
EQUILIBRIO (Y SABIDURÍA)
Eso fue, precisamente, lo que le deseé al Presidente de la Generalitat Valençiana en el Acto de Recepción con motivo del Día de la Comunidad. Equilibrio y sabiduría, algo que le pareció muy oportuno y necesario. Centrándonos en el equilibrio , encontramos en los diccionarios algunos equivalentes que resultan interesantes y clarificadores: ecuanimidad, sensatez, estabilidad, armonía, proporción, mesura, prudencia, contrapeso y otros. Aristóteles decía que en el término medio está la virtud. Ni quedarse corto, ni pasarse.
El equilibrio no es sencillo de conseguir, a pesar de lo mucho que se recomienda en todos los aspectos: dietas equilibradas, presupuestos equilibrados, equilibrio ecológico, a niveles personales y familiares, etc. No resulta fácil ser equilibrado y objetivo, sobre todo cuando somos, directa o indirectamente, parte interesada o existe algún tipo de prejuicio que dificulta una valoración neutral (prácticamente imposible conseguirlo en política (¿sólo en política?): la oposición siempre está equivocada y nunca hacen nada acertado. Hay que atacarla, desgastarla y derrotarla). Hay que poseer una gran dosis de elegancia, discernimiento y grandeza para vivir y actuar equilibradamente (como el personaje del Salmo 15, quien “… aún jurando en contra suya, no por eso cambia”).
Tampoco resulta tarea simple el equilibrio en la vida cristiana. En un sentido, en la realidad del cristiano hay profundas paradojas:
Vivir con la mirada en el cielo y los pies el la tierra.
Negarse a sí mismo para verse realizado.
Cuando nos damos, entonces nos encontramos.
Ser siervo para ser verdaderamente libre.
Débil y esforzado. Sencillo y astuto. Activo y contemplativo.
Ser un pacificador y, a veces, crear tensiones.
Ser profundamente espiritual y profundamente humano.
Saberse polvo, vanidad de vanidades y, a la vez, nada menos que
hijo de Dios y coheredero con Cristo.
Aun así, llamados al equilibrio entre fe y obras, teoría y práctica, pensamiento y acción, raíces y frutos, doctrina y vida, como seguidores de Jesús de Nazaret quien es ejemplo de dominio propio, de templanza, de serenidad y pasión, de dulzura y energía, de amor y denuncia del pecado, de tolerancia y firmes convicciones. Su ministerio público fue corto en el tiempo, pero atractivo, impactante, equilibrado y completo.
Equilibrio en el ejercicio de nuestras responsabilidades. Un Presidente, Secretario General, Pastor o persona designada para cualquier cargo debe intentar ejercerlo procurando ser el servidor de todos los que se encuentran en el área de su competencia, nunca sólo de una parte. Sabiendo que lo importante no es que nada se escape de nuestro control, sino que todo esté bajo el control del Señor. Será la mejor manera de estar tranquilos y confiados, ya que, como decía Quevedo “el que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos”.
Equilibrio en nuestros “cultos y liturgias”. No solamente emocionalismos, ni ser más fríos que témpanos de hielo. Ni extravagancias exaltadas, ni más helados que el iceberg que hundió al Titanic. Ni ritualismos hipotecados y ortodoxias encorsetadas, ni tampoco caer en rarezas, confusión ruidosa o desorden. Ni espectáculos exhibicionistas, ni entierros de tercera. Ni un tiempo musical excesivo y desproporcionado en detrimento de la predicación de la Palabra , ni exposiciones oratorias tan sesudas o monótonas (siempre amplias) que acaparan protagonismo y no dan prácticamente lugar para una alabanza musical adecuada e inspiradora, que también forma parte del culto a Dios, al igual que los diezmos y ofrendas, lecturas, oraciones y testimonios. Equilibrio. Solemnidad gozosa. Alegría reverente. Espíritu y entendimiento. Mente y corazón.
Equilibrio entre hablar, escuchar y callar. Gandhi evidenciaba tres espacios de la vida del mundo y mostraba que cada uno de ellos ofrecía un modo especial de ser: en el mar viven los peces que callan; sobre la tierra los animales que gritan; y los pájaros, cuyo espacio natural es el cielo, son los que cantan. Al ser humano, que también participa de estos tres ámbitos, podríamos añadirle el hablar y escuchar . Dice Eclesiastés que hay tiempo para todo. Se necesita equilibrio (con sabiduría) para saber cuándo es tiempo de callar (¡qué hermosa es la reflexión en silencio!), de alzar la voz, de cantar, de escuchar con atención, de usar el lenguaje con edificación y gracia.
Equilibrio entre formas y fondo. Un hombre debió suministrar dosis de aceite de hígado de bacalao a su perro, siguiendo las instrucciones del veterinario. Cada día sujetaba entre sus rodillas la cabeza del animal, que se resistía, le obligaba a abrir la boca y le vertía el aceite por el gañote. Un día, el perro logró soltarse y el aceite cayó al suelo. Entonces, para asombro del dueño, el perro empezó a lamer dócilmente el aceite derramado. El perro no rechazaba el aceite, sino la manera de administrárselo. No hay otro Evangelio, pero cuidado cómo lo presentamos.
Equilibrio entre las buenas intenciones y la realización de esos propósitos. Cuando no es así, podría pasar como aquel Pastor que anunció a su Iglesia una noticia buena y otra mala. “ La buena- les dijo - que hemos superado con creces la ofrenda misionera propuesta. Pero la mala es que ¡todavía tenéis el dinero en vuestras carteras”. “Dios es el que produce en vosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:13).
Equilibrio entre estudio y servicio y entre servicio y adoración. G. Getz dijo “solamente el estudio bíblico no producirá espiritualidad. De hecho, producirá carnalidad si no es aplicado y practicado. La verdad es que estudiar sin servir produce personas con actitudes de juicio y de orgullo espiritual”. Decía la antigua recomendación “aplícate por entero al texto, aplica el texto por entero a ti”. Oswald Chambers manifestó que “el mayor competidor de la devoción a Jesús puede llegar a ser el servicio a Jesús”, ya que muchos creyentes son fuertes en el servicio, pero débiles en la adoración.
Equilibrio entre lo individual y lo colectivo . Nadie somos una isla. Influenciamos y somos influenciados, lo que nos da un sentido de interdependencia como creyentes, Iglesias locales y UEBE. El yo nunca estará completo sin el tu, sin el vosotros. Somos miembros de un mismo cuerpo, lo que indica que nos debemos respeto y apoyo, poniendo en práctica la regla de oro del Maestro (Mateo 7:12). “ Mientras luchamos individualmente uno contra otro, somos vencidos colectivamente” (Tácito), ya que una casa dividida no puede prevalecer. Ocupando cada cual el lugar que le corresponda según su llamamiento y dones, ya que “ cuando dos cabalgan en un mismo caballo, uno debe ir delante y el otro detrás” ( Shakespeare).
Conócete a ti mismo y da de sí cuanto puedas. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Pero el primero es, no lo olvidemos, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con toda tu alma. Un equilibrio supremo.
Manuel Sarrias.
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